LA REBELIÓN DE LOS BRUJOS
Autores: L. Pauwels y J. Bergier
Título original: La revolte des magiciens
Traducción: J. Ferrer Aleu
Edición: Plaza & Janés, Barcelona, 1975
PRÓLOGO:
Nuestra civilización, como toda civilización, es un complot.
Numerosas divinidades minúsculas, cuyo poder sólo proviene de
nuestro consentimiento en no discutirlas, desvían nuestra
mirada del rostro fantástico de la realidad. El complot tiende
a ocultarnos que hay otro mundo en el mundo en que vivimos, y
otro hombre es el hombre que somos. Habría que romper el
pacto, hacerse bárbaro. Y, ante todo, ser realista. Es decir,
partir del principio de que la realidad es desconocida. Si
empleásemos libremente los conocimientos de que disponemos; si
estableciésemos entre éstos relaciones inesperadas; si
acogiésemos los hechos sin prejuicios antiguos o modernos; si
nos comportásemos, en fin, entre los productos del saber con
una mentalidad nueva, ignorante de los hábitos establecidos y
afanosa de comprender, veríamos a cada instante surgir lo
fantástico al mismo tiempo que la realidad.
En el fondo, esta actitud es la propia de la Ciencia, la cual
no es solamente la que la tradición universitaria del siglo
XIX, amparándose en el racionalismo, acabó por imponer, sino
más bien todo lo que la inteligencia puede escudriñar, tanto
fuera como dentro de nosotros mismos, sin desdeñar lo
desacostumbrado, sin excluir lo que parece escapar a las
normas. Es imposible prever exactamente lo que será el
conocimiento en tiempos venideros, y si éste no se apoyará en
conceptos que ahora desdeñamos y cuya importancia habrán
descubierto nuestros descendientes, así como su papel oculto
en nuestras personas y en el Universo al que entonces
interrogaremos.
Las inteligencias son como los paracaídas: sólo funcionan
cuando están abiertos. Nuestro objetivo consiste en provocar
una apertura al máximo, sobre todo para abordar los campos de
las ciencias humanas, donde la conspiración es más tenaz.
Haciéndolo así, nos encontramos situados en un mundo tan
maravilloso, dúctil y extenso, como el del físico, el del
astrónomo o el del matemático. Hay una continuidad. Es
estupendo. El hombre, su pasado, su futuro, todo esto oculta
también un complejo invisible, habla de infinito, canta la
música de las esferas. Los que se ahogan, se aburren o se
desesperan en el seno de tantas rarezas sublimes y de tantos
enigmas resplandecientes, tienen un corazón ignorante y una
inteligencia carente de amor. ¡Ah! ¡El mundo es tan bello
-dice un personaje de Claudel- que tendría que haber en él
alguien que fuese capaz de no dormir!
Naturalmente, nuestra manera de hacer no carece de peligros y
de inconvenientes, agravados por nuestras deficiencias.
Planteamos numerosas hipótesis arriesgadas, revolvemos una
polvareda de hechos malditos, hurgamos entre un fárrago de
errores y de sueños, para descubrir algunas verdades nuevas
pero zafias. Sin embargo, ocurre a veces que, partiendo de
señales dudosas, se abren direcciones hasta entonces
insospechadas y realmente útiles. A nuestro modo de ver, y
aunque hayamos trabajado con todo el cuidado y con toda la
seriedad de que éramos capaces, lo esencial reside en el deseo
de una visión ampliada, en el amor a las realidades
fantásticas que demuestran el empeño del hombre y del mundo a
realizarse en toda su plenitud. Parafraseando al barón de
Gleichen, podemos decir: La tendencia a lo maravilloso, innata
en todos los hombres; nuestra afición particular a lo
imposible; nuestro desprecio por lo que ya se sabe; nuestro
respeto a lo que se ignora: he aquí nuestros móviles.
Somos hombres modestos. Sin embargo, creemos tener derecho a
presentar esta obra mal pergeñada como un «Manual de
embellecimiento de la vida». El amable lector, al aprender a
emplear este Manual, descubrirá, al propio tiempo, y aunque
antes careciese de su alegría natural, la importancia de la
existencia. Y también su emoción, desde el momento en que se
despierte su
curiosidad. Y sabrá que el ejercicio de la curiosidad
transforma la vida en una aventura poética. Un amigo mío,
fabricante de absoluto, ejerce su profesión en una gran
propiedad del mediodía de Francia. El absoluto es la esencia
extremadamente concentrada de una flor, que entra en la
elaboración de diversos perfumes. Mi amigo destila absoluto de
jazmín. Bonachón y artista por naturaleza, inventó, para sus
visitantes, un parque cuyos senderos están alfombrados de
plantas que uno aplasta al caminar, levantando de este modo
oleadas de un perfume perfectamente clasificado. Macizos de
flores se extienden a la sombra de los árboles. En los lugares
de descanso, hay copas y cubos con botellas de champaña, el
hielo de los cuales es renovado por los jardineros. Nosotros
quisiéramos que este Manual convirtiese la vida intelectual de
sus lectores en un viaje a través de los tiempos humanos,
pasados y venideros, parecido en cierto modo a un paseo por
aquel parque y evocador de un anfitrión que fabrica absoluto y
sortilegios.
Otro amigo mío es pediatra. Piensa que la toxicosis de los
recién nacidos, con frecuencia mortal, es en realidad un
suicidio, una inhibición psicofisiológica originada por el
pánico a la soledad. En efecto, nosotros acostamos boca arriba
al bebé, entre tablas o barrotes, bajo un techo vacío. Apenas
ha sentido el calor del pecho materno y recibido la mirada de
la madre, y ya lo colocamos en la posición de los muertos.
Cierto que, al nacer, se ha desprendido de la madre. Pero lo
que se ha desprendido debe ser reanudado. Mi amigo patentó una
cuna inclinada, que elimina el aislamiento y hace que el niño
sienta constantemente la presencia de la madre y de las cosas
de la vida. No importa que este invento reproduzca tradiciones
primitivas, si con él se pueden evitar angustias y, a veces,
muertes. De la misma manera que este médico intenta beneficiar
a los niños, nosotros quisiéramos que este Manual ayudase a
las mentes a librarse de los barrotes, de las tablas, del
techo vacío; evitarles el veneno de la separación, y
devolverles al calor del mundo.
Un propósito muy ambicioso. Pero las poderosas mentes críticas
y frías pueden perdonárnoslo sin temor. Apenas si amenaza su
terreno; no es más que una ambición nacida del amor.
El poeta ruso Valerio Brusov, contemporáneo de la Revolución
de Octubre, testigo del fin de un mundo y del comienzo de
otro, se hacía, allá por el año 1920, esta pregunta:
«Los principios de culturas tan diferentes y tan dispersas en
el espacio como las del mar Egeo, Egipto, Babilonia, etruscas,
India, mayas, Pacífico, muestran parecidos que no pueden
explicarse únicamente por la asimilación o las imitaciones.
Por esto habría que buscar, en el fondo de las culturas que
creemos más antiguas, una influencia única que explique sus
notables analogías. Habría que buscar, más allá de las
fronteras de la Antigüedad, una X, un mundo de cultura que aún
ignoramos y que puso en marcha el motor que conocemos. Los
egipcios, los babilonios, los griegos y los romanos fueron
nuestros maestros. Pero, ¿quiénes fueron los maestros de
nuestros maestros?»
Los descubrimientos acumulados en los últimos cincuenta años
han hecho retroceder enormemente en el pasado la historia de
los hombres y de las civilizaciones, y eso ha justificado aún
más la pregunta de Brusov. Este libro no da respuesta a esta
pregunta, pero pone de manifiesto el interés por ella e indica
varias direcciones posibles de investigación.
Es un trabajo de aficionados. Pero sentimos la necesidad de
emprenderlo, en la esperanza de que algún día se constituya un
grupo mejor equipado para proseguirlo. Aquella noble cuestión
ha estado, hasta hoy, pésimamente ubicada: en los
camaranchones de los especialistas, o en los asilos de
alienados. Nosotros hemos tratado de rescatarla de los locos o
los embusteros que alegan revelaciones ocultas, y de
arrancarla al desprecio o a la inquietud iracunda de los
arqueólogos. La Arqueología, observó recientemente un
corresponsal del New York Herald Tribune, es, más que una
ciencia, una vendetta. Se trata, más que nada, de vengarse del
descubridor que no ha encontrado nada por sí mismo. Hay que
excavar, aunque sea mal visto por los grandes, por los
hacedores de teorías. Pero a condición de no descubrir, al
mismo tiempo, alguna idea no aceptada sobre la historia
humana.
Desplazar el paraíso en el tiempo, es lo mismo que cambiar de
sitio el mobiliario. Los tradicionalistas añoran el ayer. Los
progresistas cuentan con el mañana. Pero todos están de
acuerdo en que nuestros antepasados, vestidos de hojas y de
pieles, golpearon estúpidamente las piedras durante milenios
esperando que saltara la chispa. También convienen en la idea
de que todas las civilizaciones son mortales. En cambio, nadie
se atreve a pensar que, en el decurso de millones de años, la
inteligencia y la pericia humanas pudieron conocer otros
apogeos. No amamos la libertad ni el infinito. Nos aferramos a
un determinismo angosto y queremos que el tiempo de la
inteligencia humana ocupe solamente una parte diminuta del
tiempo de la creación. Si somos espiritualistas, consideramos
al hombre como un animal que recibió el don de concebir lo
infinito y lo eterno..., pero desde hace poquísimo tiempo. Si
somos materialistas, pensamos que el hombre es un producto de
la Historia..., pero de una Historia muy reciente. Tampoco
figura en las convenciones la idea de que no todas las
civilizaciones han necesariamente de perecer. Sin embargo,
nada sabemos de ellos. Sabemos demasiado poco para establecer
una ley. Descubrimos algunas civilizaciones que parecen haber
resplandecido durante milenios. Pero jamás nos permitimos
hacer la justa observación de que ciertas civilizaciones, a
las que llamamos primitivas, pero que siguen existiendo en el
día de hoy, tienen todas las apariencias de la inmortalidad.
En fin, si la Humanidad, en el transcurso de edades
extinguidas, trató repetidas veces de subir los peldaños que
conducen a una altísima civilización inmortal, y resbaló, y
cayó, ¿por qué no podemos estar nosotros en camino de
conseguir la escalada, de construir la civilización que
conocerá la inmortalidad en la Tierra y en los cielos? Esta
pregunta optimista hará sonreír a muchos, pues hoy está de
moda el desdén, el «catastrofismo» zumbón. Pero, en primer
lugar, la moda es lo que pasa de moda. Y, en segundo término,
sería una estupidez detenerse en una posada tan mezquina en el
curso de un viaje tan largo y tan hermoso en el tiempo.
El tema de este libro no es muy original. Ha sido utilizado
por muchos autores desde la publicación de El retorno de los
brujos y de la revista Planéte, fundada por nosotros. Sin
embargo, hemos creído necesario reanudarlo a nuestro modo, a
fin de limpiar nuestro propio terreno. No es fácil levantar,
Como recomendaba Nietzsche, «una barrera alrededor de la
propia doctrina para impedir que entren los cerdos». Él mismo,
desde su tumba, debió darse cuenta de esto. También es preciso
arrojar muchos cubos de agua y barrer furiosamente. Es lo que
vamos a hacer nosotros a lo largo de estas páginas. En
ocasiones, podemos resultar un poco enfadosos, por exceso de
aplicación. Saltaos sin remilgos los capítulos pesados,
hojead, navegad a vuestro antojo; lo esencial está en el
espíritu, no en la letra.
Mientras escribíamos esta obra, descubrimos, no sin cierta
satisfacción, la existencia de un enésimo hijo de El retorno
de los brujos. Era un librito popular, pero bastante
documentado, publicado en 1968 por la editora oficial de
Moscú. Su autor, Alejandro Gorbovsky, estudiaba la hipótesis
de civilizaciones avanzadas en las edades antediluvianas. Por
encima de todo, nos satisfizo el prólogo. Había sido redactado
por un investigador oficial, el profesor Fedorov, doctor en
ciencias históricas. Oscilando entre el escepticismo y la
seducción, decía Fedorov:
« Los poetas y los escépticos son igualmente indispensables
para la investigación. Forman una combinación necesaria. El
libro de Alejandro Gorbovsky es importante porque plantea un
problema esencial de la historia de los hombres. Si el autor y
los que piensan como él tienen razón, podrán explicarse hechos
hasta ahora inexplicables. Este libro constituye una noble
empresa. El autor ha querido poner al alcance de un público
muy vasto una grande y generosa idea, una nueva visión
histórica. Y lo ha conseguido. Muchos lectores leerán esta
obra con un interés rayano en el apasionamiento: como yo.»
Nuestra satisfacción fue acompañada de un poco de disgusto al
pensar que, seguramente, no habría un solo universitario
francés de cierto re nombre que nos apoyase de igual modo.
Cierto que fue un disgusto ligero, pues nos hallábamos en los
momentos en los que iban a aparecer en las paredes de la
Sorbona inscripciones como éstas:
«Profesores, ¡queréis hacernos viejos!» y «¡La Imaginación al
poder!>
Nuestro «Manual de embellecimiento de la vida» se compondrá,
si Dios nos concede un poco más de tiempo, de cinco volúmenes.
El hombre eterno es un ensayo y una fantasía sobre el tema de
las civilizaciones desaparecidas.
El hombre infinito tratará de la condición sobrehumana.
El hombre en la cruz, de los riesgos y oportunidades de esta
civilización; de la apuesta sobre las probabilidades.
El hombre comprometido, del contacto con inteligencias
diferentes, en los cielos y aquí abajo.
El hombre y los dioses del futuro desarrollará la idea de que
es probablemente imposible crear un mito nuevo, pero que el
advenimiento de semejante mito es indispensable.
Desde hace diez años, hemos estado reuniendo la documentación
necesaria para la composición de este Manual. En lo que atañe
a este primer volumen, y aparte de centenares de
corresponsales de todo el mundo a los que hemos expresado
nuestro agradecimiento, damos especialmente las gracias a Paul
Émile Victor, director de las expediciones polares francesas,
que realizó, a petición nuestra, un estudio sobre el enigma de
los mapas de Piri Reis, y nos autorizó a reproducirlo aquí; a
nuestro amigo y colaborador en Planéte, Aimé Michel, que nos
permitió utilizar su artículo sobre los trabajos de Leroi
Gourhan y el arte de las cavernas, así como varias notas sobre
la ciencia y los ingenieros de la Antigüedad, y a Madame
Freddy Bémont, profesor auxiliar de la Facultad de Letras y
Ciencias Humanas de Nanterre, que nos ayudó particularmente en
la redacción de los capítulos sobre Numinor, las ciudades de
Catal Huyuk y el Imperio de Dédalo.
Este Manual no aspira a una categoría científica. Lo prudente,
incluso a escala planetaria, es limitar el propio ámbito.
Nuestro ámbito es la poesía. Pero la poesía -como también la
Ciencia saca lo que puede de todas partes, con el fin de
producir un bien mayor. La Ciencia busca la verdad, o al menos
lo intenta sinceramente. La poesía busca lo maravilloso, o al
menos lo intenta con igual sinceridad. Y quizás hay algo de
verdad en lo maravilloso. Ahora bien, si alguien, abusando de
la autoridad científica -la cual, que yo sepa, no tiene por
misión desesperar al hombre- me dice: «nada maravilloso puede
encontrarse en este mundo», me negaré obstinadamente a
prestarle oídos. Con mis pobres medios, y con toda mi pasión
proseguiré mi búsqueda. Y si no encuentro nada maravilloso en
esta vida, diré, al despedirme de ella, que mi alma estaba
embotada y mi inteligencia ciega, no que no hubiese nada que
encontrar.
